miércoles, 5 de febrero de 2014

MIRANDO LAS MUSARAÑAS








Aburrirse suena a algo pesado y negativo, suena a pérdida de tiempo o desmotivación o desánimo, ¿no es cierto? Pues nada más lejos de la realidad desde el punto de vista de la neurociencia.
Sabíamos que la actividad es buena o muy buena: mucha actividad es mucho aprendizaje; mucha actividad es mucha felicidad, es larga vida, y sin embargo...

Aburrirse también es trabajar para la mente: es ponerla en un indolente standby y hacer funcionar una red por defecto que es como un circuito neuronal alternativo (sin serlo). Se genera entonces un magnetismo, superpuesto a la red de los impulsos reales, que nos permite generar una especie de pensamiento de prueba, un pensar sin acabar de pensar que es capaz de desarrollar muchos de los mecanismos de la imaginación. El resultado es un campo de experimentación fenomenal para todos aquellos pensamientos todavía imposibles de diseñar y clasificar porque son demasiado nuevos, o porque son muy dispersos o porque son muy estrambóticos.

Esta extraordinaria red fue mencionada por primera vez por Theresa Belta y Esther Pryadharshini de la Universidad East Anglia del Reino Unido como algo especial, en el sentido de que se activava cuando no había actividad cerebral generada por una ocupación específica, y su función básica consistía en conectar lecciones y experiencias y conceptos -aprendidos e incorporados en el pasado-, con ocurrencias futuras, (o con películas vistas, o con narraciones inventadas, o con ideas para escribir o describir algo nuevo) a base de encadenar recuerdos y proyectos unos con otros, creando a partir de ellos un hilo de continuidad fruto de alguna ilusión. La red neuronal del aburrimiento podía activarse cuando se está en casa sin hacer nada, sorbiendo un helado sentado en el banco de un parque, tomando el sol en una playa del Caribe o simplemente mirando las musarañas. Como cuando niño: no saber qué mirar, ni que pintar, ni a qué jugar. Mamá! Me aburro!

Estar ocupado es bueno, pero estar ocupados, siempre, siempre, no permite desarrollar la imaginación. No hay tiempo. No hablo de usar la imaginación (que es algo que todos hacemos diariamente en mayor o menor grado, por ejemplo tratando de encontrar soluciones a los problemas grandes o pequeños con que topamos en nuestro trabajo, familia, entorno, etc.). Hablo de desarrollar la imaginación, ese músculo de la mente tan fundamental para la felicidad y la construcción del futuro.

El estado de aburrimiento parece que bloquea la masa cerebral con tales resorte de abulia que al cerebro no le queda otro recurso que rebuscar en los abismos del inconciente pasado (pero asumido) y tirar la caña hacia adelante a ver qué se pesca, y de esta inverosímil convocatoria pueden aparecer entes mentales interesantes, sin que se los haya buscado expresamente. El cerebro no puede descansar, y se dedica en estos periodos a cualquier cosa útil, también a tareas de limpieza y reclasificación de la información pero, específicamente y de manera continuada, al mantenimiento de las conexiones interneuronales, tarea sinfín a la que destina el 60-80%  de la energia que consume.

Así que aquí tenemos un gimnasio fenomenal para ejercitar el músculo mental mientras practicamos la ganduleria, la molicie, la pereza y toda aquella ristra de vicios con los que nos azotaban nuestros maestros de antaño pretendiendo que ésas eran las casas donde vivía el demonio. Las relaciones recuerdos-proyectos parecen ser la nueva y emocionante fuente de innovación no pautada. ¿Qué maravillosas y explosivas ideas nos aguardan ahí dentro? Para averiguarlo esta vez lo tienes muy fácil. Tan sólo tendrás que, todos los días, hacer un rato el gandul con la mente bien abierta... po po po po... Mamá! Me aburro..!






















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